viernes, 25 de octubre de 2013

ENERGÍAS DE TRANSFORMACIÓN



Hay energías que destruyen los muros que ha levantado el yo, socavando la frontera entre nosotros y los demás, nos hacen tomar conciencia de nuestra esencial unidad con la totalidad de la vida, de nuestra interconexión con todo. Destruyen los límites entre aquello de lo cual tenemos conciencia en nosotros mismos y aquello de lo que somos inconscientes o negamos. Las estructuras existentes son demolidas de forma que algo nuevo pueda aflorar, aportando fluctuaciones y perturbaciones críticas. Nos desintegran para que podamos avanzar hacia una nueva manera de ser. Cuando nos negamos a ello, de una forma u otra, vemos que el Destino nos lo impone a través de acontecimientos externos de todo tipo. Podemos colaborar con ellas e ir en la dirección que indican libremente, o negarnos retrocediendo ante el pavor que nos causa el cambio, pero nos será impuesto de forma drástica y tal vez violenta por las circunstancias.

Las perturbaciones pueden ser de naturaleza positiva o negativa. Estos acontecimientos provocan tensión en el orden establecido de nuestra vida, y al romperse dicho orden entramos en un proceso de inestabilidad que nos empuja a establecer un nuevo orden, ingresando en nuestra esfera novedades que la mejoran y hacen evolucionar, marchar hacia delante, o por el contrario, incorporar elementos negativos que nos perjudican (ver teoría de las estructuras disipativas de la ciencia actual). Así es como avanzamos, recibiendo a través de nuestras estructuras, abiertas al medio, elementos positivos. Nos estancamos o retrocedemos, en cambio, al ser receptivos de lo negativo y destructivo que hay en el ambiente. De ahí, como decía Platón, que no haya cosa más interesante a desarrollar en el hombre que la Inteligencia o capacidad de discernir lo verdadero de lo falso, para poder hacerle verdaderamente libre, pues si le falta esta virtud y no sabe o puede diferenciar las cosas, ¿cómo podemos hablar de libertad, si estamos condenados por nuestra ignorancia al engaño y al equívoco?

Ya sean cambios, conflictos, paradojas, tensiones, traumas, estas novedades requieren alguna especie de transformación en nosotros. Lo cierto es que podríamos evitar las tragedias si fuéramos capaces de escuchar e interpretar nuestras voces interiores, aquello que los acontecimientos nos están señalando como mejor. Es nuestra ceguera y tozudez lo que hace inevitables las catástrofes, al rebelarnos contra la marcha evolutiva.



Se han descrito cinco etapas en toda crisis que deberíamos tener en cuenta para favorecer el proceso con nuestra comprensión: 1ª) negación. 2ª) enojo. 3ª) regateo. 4ª) depresión, que tiene dos expresiones: a) reactiva, que admite ayuda. b) preparatoria, para despedirse de lo que está muriendo. 5ª) aceptación. Esta última etapa nos lleva al reconocimiento de la necesidad de lo sucedido para nuestro crecimiento y el despliegue de nuestras potencialidades. El dolor, el conflicto, la tensión, son transformaciones que pugnan por producirse, pero la transformación se inicia cuando lo aceptamos.

Podemos observar, tanto en lo individual como en lo colectivo, estas etapas ante crisis o cambios. Si no las superamos hasta alcanzar la aceptación, no obtendremos la posibilidad de transformación, y nos quedaremos atascados en el conflicto, que de no resolverse positivamente, generará un nudo, trauma o enfermedad que impedirá la libre circulación de las energías, produciéndose lo que llamaríamos un estancamiento en el proceso vital.


D.Villegas.-1997-Gijón- 
fragmento de un trabajo sobre ENERGÍAS CÓSMICAS

CRISIS, CAMBIOS Y TRANSFORMACIONES

 
 
 
 
Jung consideraba que “el significado hace soportables muchas cosas… todo, quizás”. El sentido o el significado, nos ayuda a transitar por la vida, intuyendo o entendiendo que todo tiene un por qué, un para qué, que todo es, aunque no lo parezca, para Bien, como dirían los Estoicos. También Nietzsche escribió: “Quién tiene un porqué para vivir puede afrontar casi cualquier cómo”. Y es que nuestra evolución y crecimiento interior, siempre van de la mano de “pequeñas muertes” y transformaciones, que conviene comprender para aprovechar mejor.
 
 
En la antigua china tenían una expresión muy justa para hablar de crisis: wei-chi, (peligro y oportunidad). Algo se muere, pero también nace algo nuevo. Nada permanece tal como era, nos quedamos sin lo viejo, pero es probable que emerja algo diferente y mejor. Siempre y cuando, de las experiencias del pasado, extraigamos su mensaje.
 
 
Para cooperar con nuestro crecimiento, con nuestro despliegue interior, es necesario que escuchemos lo que sucede dentro de nosotros. De este modo, la voz de nuestra conciencia, de nuestro corazón, nos guiará en medio de la confusión. Como decían los egipcios: “es ahí donde vive la regla de Maat. El conocimiento real llega del corazón y vive en él”.
 
Comprender cada vez más el lenguaje de la Vida, con los cambios que opera en nuestro interior, tratando de desenvolver nuestro verdadero Yo dentro del capullo de la personalidad, es algo que tiene mucho que ver con el simbólico lenguaje de la psicología, la mitología, la alquimia y la astrología.


 
Mª D. Villegas López- 2008
LA ODISEA DEL ALMA

fotografía D.V.-Malaka-2013

jueves, 24 de octubre de 2013

LA MATRIZ DE LA SALUD





Sobre la medicina, el gran médico y alquimista del Renacimiento, Paracelso, afirmaba que: “la medicina es mucho más un Arte que una ciencia. Que para curar había que entender los procesos de la vida, para poderlos manejar. Y que una voluntad poderosa, podía curar donde una voluntad vacilante iba al fracaso. Insistía que el carácter del médico puede obrar en el paciente de un modo más eficaz que todas las drogas empleadas. Porque todo lo que crece en la naturaleza terrestre, puede aportarlo igualmente el poder de la creencia… El poder de la creencia, puede igualmente producir cualquier enfermedad…”
Las nuevas corrientes de investigación científica, reconocen la influencia de la mente y las emociones en los procesos del organismo físico. Ha sido la física cuántica, la que nos ha hecho superar la visión mecánica del mundo, derivada de Descartes y Newton. Demostrando que las partículas no son granos de materia aislada sino más bien que todo está interconectado en un tejido cósmico inseparable que no excluye la conciencia humana.
Al ser el hombre una unidad compuesta de soma, psique y nous, como enseñaban los griegos, o sea de cuerpo, alma y espíritu, éstos se interrelacionan e influyen como consecuencia, unos a otros. Toda enfermedad nos daría un mensaje, sobre algo que falla en nosotros mismos o que no se utiliza correctamente. Aquí, como en todo, es tan malo el exceso como el defecto. Por lo tanto, toda enfermedad es aviso de “algo” que rompe el equilibrio y la armonía de la salud del organismo.
La matriz de la salud
La salud es una armonía que todo lo gobierna, de un modo semejante a como la luna gobierna las mareas de la vida. El mayor de los esfuerzos exteriores no consigue realizar “lo que nuestra energía central sabe hacer con facilidad y con una gracia infalible y providencial”. El bienestar nace de una matriz: el cuerpo-mente. Es un reflejo de la armonía somática y psicológica. “El sanador que reside en nuestro interior es la entidad más sabia y más complejamente integrada de cuantas existen en el universo”
La salud holística no puede recetarse, decía un médico. Nace de una actitud; de la aceptación de las incertidumbres de la vida, de la voluntad de responsabilizarse de los propios hábitos, de la manera de percibir y manejar las tensiones, de unas relaciones humanas más satisfactorias, de la sensación de tener un objetivo en la vida. Aunque no sabemos de qué forma las creencias y las expectativas afectan a la salud. Y es que somos una unidad interrelacionada, donde mente, psique, energía y cuerpo se influyen mutuamente, porque aún siendo diferentes, son la expresión de un mismo ser, que necesita conseguir armonía entre sus partes, para obtener una salud integral, que forma parte del largo proceso de búsqueda de un equilibrio interior entre las partes que nos constituyen y el objetivo de nuestra existencia.
La ciencia médica se encuentra hoy insoslayablemente enfrentada al hecho del influjo inevitable y decisivo que ejercen las expectativas de los pacientes. El “efecto placebo” abarca mucho más que las sustancias inactivas administradas a pacientes particularmente difíciles. La fama del doctor, del centro médico del equipo hospitalario, el halo de un determinado tratamiento, cualquiera de estas cosas puede contribuir a la curación. Hay también un “efecto nocebo”, lo contrario del placebo. Dos tercios de entre los sujetos a quienes en una experiencia de laboratorio se había administrado una sustancia inactiva diciéndoles que les produciría dolor de cabeza, tuvieron efectivamente dolor de cabeza.
El placebo activa una capacidad permanente de la mente. El alivio parece deberse a la liberación por el cerebro de un analgésico natural. Las creencias del médico o sanador pueden también influir en la eficacia del tratamiento. Rick Ingrasci, médico y cofundador de la red Interface en Boston, afirma que el efecto placebo representa una prueba espectacular de que toda curación es en esencia una autocuración.
“Según nos demuestra nítidamente el efecto placebo, el cambio de nuestras expectativas y de nuestras convicciones fundamentales puede afectar profundamente a nuestra experiencia de la salud y el bienestar. La curación resulta directamente de percibirnos como una totalidad… al restablecerse nuestra sensación de estar en una relación equilibrada con el universo, a través de un cambio de mentalidad, de la transformación sufrida por nuestras actitudes, valores y creencias”.





Ingrasci afirmaba que sus experiencias con los pacientes le habían convencido de que, una vez liberadas las actitudes mentales negativas, la curación sucede de forma automática. “Es como si hubiese una fuerza vital o un principio ordenador dispuesto a restablecer el estado natural de salud y totalidad, con sólo conseguir zafarnos de la barrera que suponen las expectativas negativas. Si conseguimos relajarnos, aunque sea por poco tiempo, las expectativas positivas pueden inducir efectos positivos. Al principio, necesitamos traspasar las barreras psicológicas, escepticismos, desconfianza, miedo, que nos impiden incluso intentarlo… Los efectos a largo plazo pueden revelarse auténticamente trasformadores desde el punto de vista personal y social”.

Claramente, es más importante enseñar a la gente a cambiar la matriz de sus enfermedades, las tensiones, los conflictos, las preocupaciones que las acarrean, que no engañarlos con placebos.

El papel que juega en la curación la alteración de la conciencia, puede que sea el descubrimiento más importante de la ciencia médica moderna. Más que un simple cambio físico, la clave de la salud, puede que resida en el estado mental. A ese estado se le han dado diversos nombres: “reposo vigilante”, “volición pasiva”, “dejarse ir deliberado”. Como hielo que se derrite libremente al llegar la primavera, las tensiones acumuladas parecen fundirse al calor de esta forma paradójica de atención, restableciendo el flujo natural en el remolino del cuerpo-mente.

No podemos esquivar el stress. Pero ¿el stress es el culpable? Tal vez sufrimos de enfermedades como un medio de evitar el cambio. Nuestra vulnerabilidad frente al stress parece deberse más a la interpretación que hacemos de los acontecimientos que a su propia gravedad. “a lo único que tenemos que temer es al mismo miedo”, se aplica también al cuerpo-mente. El cuerpo entiende en sentido literal, y no puede distinguir entre una amenaza real y otra puramente imaginaria. Las preocupaciones y las expectativas negativas se traducen en enfermedades físicas, porque el cuerpo se siente en peligro, aunque la amenaza sólo exista en la imaginación. El stress a largo plazo, se cobra su tributo debido a la falta de oportunidad para reponerse en medio de la serie consecutiva de tensiones.

“Los yogis han aprendido a liberarse de esos niveles excesivos de actividad neurofisiológica autogeneradora de tensiones, por el simple procedimiento de tranquilizarse a sí mismos”. La mayoría de nosotros sufre lo que llaman un “ciclo destructivo acumulativo. El secreto consiste en prestar atención, en revestir de atención la propia vida”. Cuando se presta atención a la tensión en un estado relajado, ésta se trasforma. La meditación, el bioffedbak, las técnicas de relajación, correr, escuchar música, la visualización, etc. Todas estas cosas pueden facilitar la puesta en marcha de la fase de recuperación corporal.

Negarse a reconocer las tensiones equivale a pagarlas por partida doble; no sólo no nos libramos de la alarma, sino que ésta se instala en nuestro cuerpo. Así lo demostró de forma evidente una experiencia de laboratorio. La amenaza de una dolorosa descarga eléctrica inminente produjo respuestas corporales sorprendentemente distintas en los sujetos, dependiendo de sí habían decidido afrontarla, o bien evitar pensar en ella. Los que la afrontaban, intentaban comprender la situación. Dirigían su atención de forma activa al shock inminente, y deseaban superarlo; pensaban en lo que estaba sucediendo en el laboratorio, o bien fijaban su atención en sus propios cuerpos. Por el contrario, quienes deseaban evitarla, echaban mano de un montón de estrategias para intentar distraerse. Trataban de pensar en cosas tranquilizadoras, de fuera del laboratorio, o bien se dedicaban a fantasear. Mientras que quienes afrontan la descarga sentían que podían hacer algo para aliviar la tensión de la situación, aunque no fuera más que prepararse para ella, quienes pretendían evitarla tendían a sentirse indefensos e intentaban escapar negando la situación. En los primeros, la actividad muscular aumentaban, lo que constituye una respuesta fisiológica. En los segundos, el ritmo cardíaco era notablemente más rápido, lo que indica que la tensión reprimida se había remitido a un nivel más patológico.

La negación de la tensión puede conducirnos a la tumba. La mente no sólo cuenta con estrategias para “emparedar” los conflictos psicológicos, sino que puede también negar la enfermedad surgida por haberse negado a reconocer las propias tensiones. Los conflictos que no han sido afrontados conscientemente pueden hacer su aparición como daño físico en formas tan variadas como personas hay. Si aprendemos a prestar atención a nuestros conflictos internos, podremos resolverlos de una forma menos drástica para nuestra salud.






La mente del cuerpo

El cerebro gobierna o influye indirectamente en todas las funciones corporales; presión sanguínea, ritmo cardíaco, respuesta inmunológica, hormonas y todo lo demás. Sus mecanismos están entrelazados en un sistema de alarma, y dispone de una especie de genio oscuro, capaz de organizar los desórdenes correspondientes a la más neurótica de las imaginaciones.

El antiguo dicho “ponle un nombre a tu veneno”, es aplicable a la semántica y la simbología de la enfermedad. De modo que un “corazón roto” se convierte en una enfermedad coronaria; la necesidad de crecer puede convertirse en un tumor; la ambivalencia en dolores que le “parten” a uno la cabeza, la personalidad rígida en artritis.

Louis Pasteur reconoció en su lecho de muerte que un médico, adversario suyo, tenía razón cuando insistía en que lo que causa las enfermedades no son tanto los gérmenes, cuanto la resistencia del individuo invadido por ellos. “Ese es el terreno” concedía. No hay que subestimar el papel de la predisposición genética o de ciertas influencias exteriores, tales como el fumar. La enfermedad o la salud se originan en un medio. El hecho de que un conflicto no resuelto o un cambio se traduzcan en enfermedad viene influido en parte por la vulnerabilidad genética, que nos inclina hacia desórdenes específicos.

La salud consiste en la capacidad del cuerpo para transformar y dar sentido a toda información nueva. Si somos flexibles, si somos capaces de adaptarnos a un medio cambiante, podemos soportar un nivel de tensión elevado.

Parece que el cuerpo tiene su propia manera de conocer, por medio del sistema inmunológico, paralela al modo de conocer del cerebro. Este sistema está ligado al cerebro. La “mente” del sistema inmunológico posee una imagen dinámica del propio ser y tiene la tendencia a dotar de sentido a todos los “ruidos” del medio, incluyendo virus y alergógenos. Si las rechaza o reacciona violentamente, es porque “no tienen sentido”, porque no pueden ser encuadradas en el orden del conjunto. Este sistema como está ligado al cerebro, es vulnerable a las tensiones psicológicas. Se ha demostrado que estados de tensión mental como pena o ansiedad, alteran la capacidad del sistema inmunológico. También se ha demostrado que este sistema posee una memoria sumamente sutil. Hay enfermedades crónicas que perduran mucho tiempo después de haber desaparecido la causa origen de la tensión. Y es que el cuerpo “se acuerda” de haber estado enfermo en presencia de esas señales.

Vemos que la salud y la enfermedad no son cosas que nos suceden sin más. Son procesos activos, resultado de una armonía o una desarmonía interior, que están profundamente afectados por nuestros estados de conciencia, y por nuestra capacidad o incapacidad de dejarnos fluir al compás de la propia experiencia. El reconocimiento de que eso es así supone implícitamente una responsabilidad, pero es también una fuente de oportunidades.

Enseñaba Platón: “Que la filosofía es al alma, lo que la medicina al cuerpo”. Las dos necesarias para vivir en consonancia con lo mejor de nosotros mismos.
Filosofía o “amor al conocimiento”, son fundamentales para la salud y robustez del alma, y la medicina para ayudar al cuerpo a recuperar su correcto funcionamiento. Es curioso que Sócrates también pensaba: “Que no puede curarse el cuerpo, sin tener en cuenta la mente”.

La teoría de las estructuras disipativas aplicada a la salud

Recordemos para empezar, una idea central de las estructuras disipativas; tan sólo la perturbación permite que el sistema salte a un orden más elevado de complejidad. La clave del crecimiento es la fragilidad. Si las perturbaciones suaves pueden ser absorbidas por el sistema, no ocurre lo mismo con las de gran magnitud; éstas encierran la posibilidad de estimular un cambio repentino, que hace surgir un sistema más complejo.
¿Qué aplicación tienen estas ideas a la salud humana? Toda enfermedad supone sin duda una perturbación, que puede repercutir en todo nuestro ser. Nuestro organismo puede enjugar pequeñas intrusiones, pero no se las compone con la misma facilidad con otras enfermedades más serias. Las enfermedades graves suponen una “sacudida” para nuestro organismo. Introducen en nosotros una perturbación. Que se puede utilizar para “saltar” a un nivel más elevado de conciencia. Esto es evidentemente cierto en el campo psicológico, donde todos los días comprobamos que las adversidades pueden traducirse en un aumento de conciencia y comprensión de los propios problemas.

Pero así como en el mundo físico no todas las perturbaciones desembocan con éxito en un reordenamiento del sistema, en un nuevo y más elevado nivel de organización, en los seres humanos sucede lo mismo; el cuerpo no siempre alcanza a superar con éxito las amenazas contra su salud. A veces no es sólo que el sistema sufra una sacudida, sino que acaba saltando en pedazos. La enfermedad puede desembocar en una dolencia crónica o en la muerte.

No cabe evolución sin fragilidad, dice la teoría de las estructuras disipativas. La capacidad de crecimiento y de complejización tiene un precio; la perturbación y el riesgo de disolución y de muerte.

De hecho, muchas de las metodologías de atención sanitaria que venimos aplicando se inspiran en los principios básicos de la teoría de las estructuras disipativas. Por ejemplo, la práctica de la inmunización frente a determinadas enfermedades. Si nuestro cuerpo absorbiese totalmente los efectos de la inoculación, no produciríamos anticuerpos y no se conseguiría inmunización alguna. Necesitamos sacudir el sistema inmunológico del cuerpo justo lo suficiente para estimular su resistencia a la enfermedad, pero no tanto que le causemos de hecho la enfermedad. Con la práctica de la inmunización, al perturbar intencionadamente el sistema inmunológico, le hacemos evolucionar hacia una mayor complejidad biológica.

¿Podríamos realmente estar sanos si nunca fuéramos perturbados por alguna enfermedad? Si nunca conociéramos la enfermedad, probablemente no tendríamos la noción correspondiente de salud. Hay razones para creer que nuestro cuerpo se alimenta de la enfermedad para crear su propia salud, de igual forma que las estructuras disipativas “se nutren de entropía”, o de desorganización, como sostenía Schrödinger, en su evolución hacia formas de complejidad creciente.

Nuestro propio cuerpo guarda en su interior la sabiduría acumulada a lo largo de los incontables atentados a su integridad que ha tenido que superar. Desde la piel que lo recubre, hasta los leucocitos de la sangre que engullen a los microorganismos invasores, nuestro cuerpo sabe qué es lo que tiene que hacer ¿Cómo llegó a acumularse toda esa información en nuestro interior? Por medio de las continuas y repetidas perturbaciones sufridas a lo largo de nuestra ascensión evolutiva hacia una creciente complejidad.

Ocasionalmente nacen niños aquejados de la enfermedad conocida como deficiencia inmunitaria. Estos infortunados niños no pueden producir anticuerpos contra bacterias, virus, ni hongos. Están indefensos frente a todo tipo de infecciones, y generalmente mueren jóvenes a consecuencia de problemas infecciosos, son los “niños burbuja”. Son incapaces de reaccionar a las perturbaciones procedentes del exterior. Son incapaces de absorber adecuadamente el reto que supone para ellos el ambiente externo. Al no poder responder a él, quedan también incapacitados para saltar a un grado superior de complejidad inmunológica. Su única esperanza es un aislamiento artificial. Su incapacidad de responder a los retos inmunológicos les ocasiona en general una muerte temprana.

Observamos aquí un aspecto sutil de la salud: su perturbación está ligada a un aumento de la complejidad fisiológica. Sin perturbaciones, no es posible la salud. La teoría de las estructuras disipativas y el funcionamiento del sistema inmunitario muestran cómo estos procesos están entrelazados entre sí. Los procesos de salud y perturbación de la misma forman un todo complementario.

El objetivo general de la salud podría formularse así; hacer todo lo posible para facilitar que el cuerpo se adapte con éxito a las perturbaciones. ¡De qué modo tan distinto enfocamos de ordinario la salud! No acompañamos a la perturbación, sino que intentamos fortificarnos contra ella. Tratamos de rehuir todo enfrentamiento con las amenazas exteriores a la propia salud; y si ello no es posible, luchamos por resistir echando mano de todos los medios a nuestro alcance.

Es preciso poner en cuestión esa estrategia general con respecto a la salud. Si nuestro cuerpo nunca hubiese sufrido atentados a su integridad, si nunca hubiese experimentado perturbaciones, estaríamos totalmente indefensos frente a la enfermedad, pues nunca habríamos elaborado los complejos mecanismos de defensa que con callada eficacia operan en conjunto en nuestro interior.

Lo ideal sería adoptar como estrategia, aquel magnífico consejo oriental de comportarnos como una caña de bambú, que se dobla con el viento en vez de resistirlo, y así consigue sobrevivir. La rígida e inflexible resistencia al cambio en presencia de la enfermedad puede llegar a destruirnos, así como un puente carente totalmente de flexibilidad puede saltar en pedazos por efecto de un golpe de agua en una crecida del río.

Toda estrategia de salud requiere considerar la flexibilidad como objetivo primario, esto es, la adaptabilidad y capacidad de reaccionar frente a los desafíos periódicos que atentan a la integridad del propio cuerpo-mente. También es muy importante la forma de comportarnos en los períodos de intervalo entre enfermedades sucesivas.

Visto desde esta perspectiva, la auténtica medicina es la que se hace en esos períodos intermedios en que no hay perturbación o enfermedad. Al fin y al cabo, por algo los antiguos griegos hicieron de Hygia; “La salud”, hija de Asclepios “La Medicina”, aquella que cumplía la misión de trabajar para prevenir la enfermedad, a través de normas de vida higiénica, saludables.

La lección que podemos sacar es la siguiente; por lo que respecta a estrategias de salud, las mejores son las que nos hacen más sabios. Toda intervención en relación con la salud que no aumente nuestra complejidad psicofísica ni nuestra sabiduría interior para afrontar las perturbaciones que la amenacen, pertenece a un orden terapéutico inferior.

El salto a un nivel más elevado de complejidad, a una conciencia más elevada de la propia unidad psicofísica, a un nivel más elevado de salud es lo fundamental, la razón y el sentido de las diversas perturbaciones que experimentaremos.

Las moléculas y los seres humanos se comportan de un modo semejante, porque existen características de comportamiento comunes a distintos niveles de organizativos en la naturaleza. Ciertos principios de comportamiento resuenan con la misma fuerza en el campo del átomo y en el de la persona. El hecho de que esos principios atraviesen distancias tan vastas ha llevado a Prigogine a afirmar que puede hablase hoy día de una “física humana”. La teoría de las estructuras disipativas nos pone en íntimo contacto con el microcosmos. De acuerdo con ella, nuestra humana naturaleza está enraizada en los procesos fundamentales que residen en la médula misma del universo. Es la prueba matemática de que, en el núcleo más profundo, los seres humanos y el macrocosmos compartimos características idénticas, y formamos una unidad con la Naturaleza.

Los sabios de la antigüedad, afirmaron una y otra vez, entre otros los siguientes principios: “Que el Universo es Mental”, “Así es arriba como es abajo”, “Todo es Uno”, etc. Y afortunadamente las mentes más avanzadas de la humanidad, hoy como ayer, siguen descubriendo los mismos misterios. Que las mismas leyes rigen lo pequeño y lo grande, y que nuestra mente tiene el gran poder de regir la materia y conformarla.

En el teorema de Bell, se expone el principio de unidad y la interconexión de la danza biológica. En esencia viene a decirnos que, a la vista de la conexión increíblemente rica que todo ser humano tiene con el universo en sentido amplio y con todos los demás seres humanos, tenemos un concepto erróneo de la muerte. Si hay unidad en el universo, la muerte es imposible. Esa riqueza de conexiones convierte en imposible la extinción personal, porque la extinción personal solo es posible en un universo en el que sea posible el aislamiento personal. Y nosotros no vivimos en semejante universo. Si formamos parte de esa condición universal antes de la muerte, la supervivencia tras la misma es una exigencia. El principio de unidad permanece y nosotros con él.

La enfermedad está ligada a la vida y al progreso. Como posibilidad de evolucionar a un nuevo y más elevado nivel de complejidad. La vida, tal como la conocemos, exige la enfermedad; es impensable sin ella. La enfermedad es algo más que un negro presagio de la muerte. Podemos entenderla como un preanuncio de la vida.

¿Qué es la salud?

La definición propuesta por la Organización Mundial de la Salud, es la de “Bienestar total, físico, psicológico y espiritual del individuo”. Pero esta noción es demasiado vaga para que resulte verdaderamente útil. No aclara en qué consiste ese bienestar, ni qué papel desempeña en él los aspectos espirituales, físicos y psicológicos de la persona.

Abraham Maslow, creador de la psicología humanista, en sus obras nos expone una interesante definición de salud y enfermedad. Teniendo en cuenta que el hombre es una unidad compuesta de partes diferentes pero interrelacionadas, con sus necesidades específicas de realización que debemos satisfacer para una plena autorrealización. Salud, para el autor, es plena autorrealización, y enfermedad, déficit en este logro.

Según esta constitución compleja del hombre, Maslow establece una pirámide de necesidades a cubrir que son; fisiológicas, de seguridad, afectivas, de conocimiento, autoperfección o autorrealización. Para el autor, las personas enfermas son producto de una cultura enferma, que no les permite la plena realización de sus necesidades, lo que produce desequilibrios en el interior de la persona, que genera neurosis; enfermedad deficitaria ante la carencia que impide la “salud”, la completura. Al ser el hombre algo más que un cuerpo, necesita para su salud, además de vitaminas, etc., desarrollo, conocimiento, belleza… La salud es desarrollo humano en plenitud. La enfermedad; déficit o desequilibrio.

Constatamos, una vez más, la necesidad de una formación integral, que ayude al hombre a conseguir una armonía interior. Que le facilite el conocerse a sí mismo, para desarrollar todos los aspectos de su ser y así utilizar sus potencialidades al máximo. Hace falta, conocerse, atreverse a cambiar, tener una actitud positiva y activa ante los retos de la vida. Desarrollar la voluntad, ejercitándola a diario. Necesitamos objetivos e ideales elevados para luchar en la vida y superarnos. Confianza en nosotros mismos y en los demás, amor por todos los seres, sintiéndonos uno con la Naturaleza. Y en la vida cotidiana, es imprescindible para la salud; orden, limpieza, buenos hábitos de vida y alimentación, momentos de relajación y ocio, organización de nuestros esfuerzos.

Prevenir la enfermedad es tan importante o más que trabajar para vencerla. Y si como decía un viejo texto oriental: “la raíz del mal está en nuestro interior y hay que extirparla”. La solución también lo está como consecuencia.

Como cierre de esta investigación y búsqueda de nuevas perspectivas, ante aquella que a todos nos espera en el camino, para ayudarnos a evolucionar, hacia nuevos estados superiores de conciencia, recordaríamos aquel pensamiento lúcido, filosófico y valiente del gran maestro Marco Aurelio: “¿Qué le puede pasar al hombre, que no sea propio del hombre?”

Valor amigos ante las pruebas que nos esperan para formarnos. Ojala crezcamos en calidez humana, para apoyarnos unos a otros, con la ternura del corazón que sabe de penas y lágrimas humanas, de miedos y angustias, pero también de coraje, de optimismo y de pequeñas victorias. Recordemos, Ella, la Vida, nuestra Madre y Maestra, nos lleva de su mano invisible, no temamos. “Todo es para bien”, decían nuestros queridos y valerosos maestros estoicos. Seguramente la enfermedad, no es más que las metamorfosis que sufre el "gusano" que somos, para convertirse en la mariposa que debemos llegar a Ser. Comprendamos la necesidad de los cambios, colaboremos con ellos y soñemos, avanzando día a día, con la meta a la que silenciosa pero tenazmente nos dirige la Vida.


Mª Dolores Villegas López
Gijón-20/12/99
Propiedad Intelectual

ANTIDOTOS CONTRA EL DOLOR



La alegría nos revela el cielo,
pero el dolor nos lo obtiene”
Dalai Lama

Para acercarnos a la felicidad que todos buscamos, hay que eliminar previamente nuestros comportamientos y estados mentales negativos, que son los obstáculos que nos impiden alcanzarla. Ampliando mediante una formación adecuada, nuestros estados mentales positivos, como el amor, la compasión, el perdón. Esto requiere aprendizaje, educación, convicción, determinación, acción y esfuerzo. Hace falta, poner en juego nuestro entusiasmo para conseguirlo y la decisión de cambiar. Sabiendo que para una verdadera transformación interna, hay que realizar esfuerzos continuados, en un proceso gradual que llevará tiempo.

Recordaremos para comenzar que nuestras emociones y momentos más oscuros, son también una oportunidad para desvelar nuestro buen juicio natural, una oportunidad para nuestro crecimiento espiritual. Necesitamos eso sí, utilizar una herramienta indispensable para realizar esta alquimia interna, y ésta será la atención consciente. La atención consciente crea una atención juiciosa. Un espacio de claridad que emerge cuando apaciguamos la mente, y que nos vuelve receptivos a los susurros de nuestro juicio interior. Nos da claridad y discernimiento, para “Ver las cosas tal como son en cada momento”. Si conseguimos verlas como son, les arrebatamos su poder y no nos controlarán. La percepción interior para ver las cosas realmente necesita ser equilibrada con una aceptación compasiva del modo en que son las cosas. Cuando miramos directamente las emociones dolorosas desarrollamos valor y aceptación. Pero hay que ser capaz de permanecer junto al dolor hasta que lo veamos cambiar. 

En tibetano a estos estados mentales negativos, se les define como “aquello que aflige desde dentro; ilusiones”. Se trata de algo emocional y cognitivo que aflige a nuestra mente, destruye nuestra paz mental o nos produce una perturbación psíquica, destruyendo nuestra calma. Estos estados “ilusorios”, las emociones y pensamientos destructivos, son distorsiones, porque se apoyan en percepciones erróneas de la realidad, en la ignorancia. Sin embargo las emociones o estados positivos de la mente, como el amor y la compasión, tienen una base muy sólida y real. Los estados positivos de la mente actúan como antídotos contra las tendencias negativas y los estados ilusorios. Por consiguiente cultivando y potenciando los estados positivos, reduciremos la presencia de los estados negativos que generan sufrimiento, confusión, dolor. 




Las causas profundas del sufrimiento, enseñaba el Budha, son la ignorancia, el deseo y el odio, “los tres venenos de la mente”. Nosotros avivamos el sufrimiento al pensarlo, avivamos el odio y exageramos las injusticias. En buena medida, el sufrimiento depende de cómo se responde ante una situación dada. Por lo tanto se puede modificar la extensión del propio sufrimiento. A nivel terapeuta, se dice que es una “personalización” del dolor, la tendencia a estrechar nuestro campo de visión psicológico mediante la interpretación, acertada o errónea de todo aquello que nos afecta.

Sería bueno partir, de aceptar el sufrimiento como un hecho natural de la existencia y afrontar las tragedias de la vida, pero sin permitirnos caer en una culpa excesiva o en el autodesprecio. Sino aceptarnos plenamente con nuestras limitaciones, debilidades y errores de juicio. Llevarlo con dignidad y elegancia y seguir adelante, dedicando nuestras facultades a ayudar a los demás. Nuestra tendencia a dejarnos llevar hacia los extremos se ve alimentada por un sentimiento subyacente de descontento, o de estrechez de miras. La visión limitada conduce al pensamiento extremista. Al ampliar deliberadamente nuestra perspectiva podemos superar los extremismos y sus consecuencias negativas.

Como hemos visto habrá que practicar cualidades mentales positivas, como la paciencia, la tolerancia, la amabilidad, pues actúan como antídotos específicos contra la cólera, el odio, el apego. Antídotos como el amor y la compasión, reducen de modo significativo las aflicciones mentales, pues al cultivar y practicar estos sentimientos, adquirimos una visión más profunda y cálida de nosotros y de todos los seres. Las emociones destructivas se encuentran enraizadas en la ignorancia, en la concepción errónea de la realidad. Se hace indispensable entonces, para superar plenamente todas las tendencias negativas, aplicar el antídoto contra la ignorancia, es decir el “factor sabiduría”, el conocimiento de la verdadera naturaleza de la realidad.

Dicen los textos tibetanos que alguien que alcanza la victoria sobre el odio y la cólera es un verdadero héroe. Para combatir estas emociones, las más destructivas, hay que cultivar sus antídotos, la paciencia, la tolerancia, y tener un gran entusiasmo y deseo de vencerlas. El entusiasmo en este combate interior, surgirá como resultado de aprender y reflexionar sobre los efectos beneficiosos de la tolerancia y la paciencia y sobre los efectos destructivos y negativos de la cólera y el odio.

La cólera y el odio son considerados un enemigo interno que no tiene otra función que causarnos daño, Es nuestro enemigo más definitivo, cuya función es destruirnos. Debemos decidir que nunca daremos a ese enemigo la oportunidad de surgir dentro de nosotros. Las emociones como la cólera y el odio surgen en una mente torturada por la insatisfacción y el descontento. Por esto hay que crear satisfacción interior, buscando el lado positivo de las cosas, y cultivar la amabilidad y la compasión. Esto produce una tranquilidad de espíritu que por sí misma contribuye a impedir que surja la cólera.

Hay que reflexionar sobre el verdadero valor de la vida, qué da significado a nuestras vidas, y establecer nuestras prioridades sobre esta base. Para que nuestra vida sea valiosa, tenemos que desarrollar buenas cualidades, como cordialidad, afabilidad, compasión. De este modo, la mejor forma de acercarnos a los demás, será siempre con el pensamiento de la compasión en la propia mente. La compasión es un estado mental que no es violento, no causa daño y no es agresivo. Se trata de una actitud mental basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento y está asociada con un sentido del compromiso, la responsabilidad y el respeto a los demás.

Descubrir el significado del sufrimiento constituye una poderosa ayuda para afrontar las situaciones más difíciles. Aunque en los períodos de crisis parece imposible reflexionar y sólo podemos soportarlo. En los momentos de alivio podemos reflexionar sobre él. El tiempo y el esfuerzo dedicado a reflexionar, proporcionará beneficios cuando ocurran las desgracias. Y es que “un árbol con raíces fuertes puede resistir la tormenta más violenta”. El sufrimiento, si es aprovechado, fortalece y ahonda la comprensión de la vida, resultando una oportunidad de enriquecimiento interior. 
  
Para Oriente la práctica del Dharma (Lo Justo) es una batalla constante dentro de nosotros mismos, en la que se trata de sustituir el condicionamiento o la costumbre negativa por un condicionamiento positivo. El Dalai Lama comparó la mente con un vaso de agua sucia; los estados mentales aflictivos eran las “impurezas”, que podían ser eliminadas para revelar la fundamental naturaleza “pura” del agua o de la mente.

La ansiedad crónica dificulta el juicio, aumenta la irritabilidad y obstaculiza la eficacia. Cultivar la compasión y profundizar nuestra conexión con los demás promueve una buena higiene mental y ayuda a combatir los estados de ansiedad. Hay que enfrentarse a los pensamientos generadores de ansiedad y sustituirlos con pensamientos y actitudes positivas y bien razonadas. Algunas clases de temor son subjetivas, son proyecciones mentales debidas a la propia situación psicológica, que generan miedo a algo externo, siendo únicamente una proyección de nuestro estado interno. Esto desencadena emociones negativas, cazándonos en un círculo vicioso que irá aumentando más y más, sino sabemos cortarlo o cambiarlo.


La honradez y una motivación adecuada son las claves para superar esa clase de temor y ansiedad. La motivación sincera actúa como un antídoto capaz de reducir el temor y la ansiedad. Esto es lo principal, tener una sincera inclinación a ayudar. Entonces uno se limita a hacer las cosas lo mejor que puede y no hay que preocuparse por nada más. La motivación sincera elimina por tanto el temor y proporciona confianza en uno mismo. Si se cultiva una motivación compasiva no hay por qué lamentarse si se falla. La motivación adecuada es una protección contra los sentimientos de temor y ansiedad

Los antídotos contra la ansiedad serían dos, primero combatir activamente la preocupación, buscando la solución a los problemas, segundo, transformar la motivación fundamental, examinando las necesidades e impulsos. Crear determinación y entusiasmo, para adoptar comportamientos sanos y eliminar los rasgos negativos, la motivación debe basarse en la compasión y la amabilidad. Para entrenar la mente y alcanzar la felicidad, cuanto más cerca esté uno de sentirse motivado por el altruismo, tanto menor será el temor que sienta. Asumir, para conseguirlo, la determinación de anular sus estados mentales negativos para promover y producir la felicidad. Centrándonos en los aspectos positivos y el tremendo potencial que hay dentro nuestro. Y recordando las grandes cualidades que compartimos con todos los seres humanos.

Es necesario aprender a entrenarnos para aumentar así nuestros comportamientos positivos. Se hace indispensable, la utilización adecuada de nuestra inteligencia y de los conocimientos positivos adquiridos, que consiste en efectuar cambios, (aplicándolos), desde dentro para desarrollar un buen corazón. Para poder hacer el Bien y hacer las cosas Bien, afianzándonos cada día en la práctica de una acción con corazón, de una acción valiente, noble y generosa. Porque ciertamente la vida es una experiencia de aprendizaje constante, que podemos vivir con Valor y Alegría, si así nos lo proponemos.

“Sin el poder heroico de soportar lo más intenso del dolor, la alegría que yace en el corazón del dolor no puede ser ganada”. Recuerda esto y búscala con ahínco porque: “EL CORAZON DE LA EXISTENCIA ES ALEGRIA”. Eso es lo que te deseo de todo corazón. Que podamos algún día sentirnos todos, corazón con corazón, en Concordia


"EL CORAZON HUMANO ES COMO LA PLANTA KUSULI; QUE ABRE SU CALIZ AL SUAVE ROCIO DE LA MAÑANA Y LO CIERRA ANTE UN FUERTE AGUACERO" Precepto Buddhista

Mª D. Villegas López
MAYO 2005-Madrid

Bibliografía: Textos del Dalai Lama

lunes, 14 de octubre de 2013

LAS ARTES DEL SILENCIO Y LA RISA




En las terapias del sonido existe un lugar especial para dos modos de expresión que vienen de un lugar profundo del subconsciente: el silencio y la risa.

El silencio no es un vacío que hay que llenar a toda costa, sino una presencia viva que hay que cultivar, un bien y una terapia.

La risa pone al mundo de cabeza, le saca fuera lo de dentro y le da la vuelta. Alimenta la cordura y hace estallar las hinchazones de todo tipo.

La risa del corazón, no menos que las lágrimas, Puede disolver los caparazones de soledad y de inseguridad. Tiene un poder terapéutico inmenso. Y es un calmante sin efectos secundarios y cuya eficacia se ha demostrado científicamente, pues libera las sustancias naturales del cuerpo que sirven para calmar el dolor, llamadas endorfinas y que están en el cerebro.

Vea las cosas desde la mejor óptica, o por lo menos vea su lado divertido. Sea ligero de corazón, radiante y reluciente; rebose salud; ponga las dificultades en su verdadero lugar; deslícese hacia la iluminación. Todas las terapias requieren un "tacto ligero", y la risa es precisamente estar tocado por la ligereza.



Fragmentos de: EL LIBRO DE LA TERAPIA DEL SONIDO
OLIVEA DEWHURST-MADDOCK

LA PAZ INTERIOR, LA PAZ EXTERIOR ¿SON POSIBLES?

 La paz es una actitud interior de armonía, una armonización con nosotros mismos y con nuestros propios componentes. Una armonía justa, que se base en la verdadera Armonía Universal, en la que el hombre no se vea como un elemento aislado, enemigo del hombre y de la Naturaleza, sino como amigo de todo. En concordia, corazón con corazón.

¿Qué es lo que somos? Somos un Misterio. Somos aquello que está detrás de todas las cosas , una especie de observador que transciende todo tipo de manifestación.

Debemos seguir lo que consideremos correcto, sin importarnos lo que los demás puedan decir.

Vale más amar que ser amado. Es mejor ser fuente que da, que pozo que recibe. Lo mejor, es ofrecer, dar, tener la capacidad de amar sin hacer un cálculo previo de cuánto nos debe reportar este amor. Entonces algo se despierta dentro de nosotros y vamos entendiendo nuestro entorno. Vamos entendiendo al pájaro, a la montaña, al viento, y también a nuestros hermanos los hombres; vamos entendiendo la historia de los distintos momentos por los que pasó la Humanidad; vamos comprendiendo, de una manera pacífica, toda la sabiduría que hay en el mundo, que es fruto de Dios; y es también fruto de Dios la Armonía Universal en la cual todas las cosas están unidas.

Esta unión es lo que nos da la paz interior, la paz de saber que Dios ha pensado todo esto, que todas las cosas están pensadas de tal manera que nuestro sufrimiento siempre es soportable.

Paz interior es poder encontrarse a sí mismo, reconocer que en esta gran Sabiduría divina, no todos hemos nacido para la misma cosa, y que cada cual tiene su camino, su destino, su alimento, su viento y su forma de ser y de expresarse.


Consideramos que Dios ha pensado todo esto. Todo lo que nos pasa, todo lo que nos va a suceder está planificado de alguna manera. De tal suerte, todas las inquietudes desaparecen, y aun las dificultades de la vida se ven como pruebas, como eslabones que tenemos que pasar para poder purificarnos.

El agua más pura no es aquella que está estancada en medio de una charca sin moverse, sino aquella otra que viene saltando cantarina a través de las piedras. Esa agua se ha purificado a través del choque, miles y miles de veces, con las distintas piedras, es esa agua que ha cantado con su dolor y que ha hecho una espuma blanca de esperanza y un arco iris de color en cada uno de sus golpes.
 
El hombre debe ser como el agua, debe correr a través de la vida igual que el agua, saltando, cantando, manteniendo una cierta alegría y una fuerza interior que le haga fluir, y teniendo la sabiduría simple y sencilla del agua, que sabe siempre dónde va, que sabe siempre dónde está el mar.

Si buscamos una brújula interior, sabremos hacia donde vamos. Todos los dolores, golpes e inconvenientes, no serán para nosotros nada más que pruebas. Si el hombre pudiese, a través de los golpes de la vida, mantenerse vertical, entonces encontraría la paz en su corazón. Hay que ir a lo profundo y encontrar el sentido de todas las cosas, de todo aquello que nos rodea y de todo aquello que tenemos en nuestro interior.

No vamos a poder confiar demasiado en fórmulas, sino en aquello que cada uno de nosotros podamos hacer y transmitir. Esa recreación de un mundo distinto, de un mundo nuevo, pasa por cada uno de nosotros.

La paz exterior, la paz colectiva, pasa obligatoriamente por la paz en nosotros mismos. Mientras haya gente egoísta, aferrada a lo material, existirá la explotación en el mundo. Mientras haya personas que odian a otras por el mero hecho de tener ojos de diferente color, o porque les han caído mal, existirá el racismo en el mundo. Mientras haya gente que en vez de contestar con buenas palabras y razones, en lugar de entender al de enfrente, le de un golpe o una patada, existirá al violencia en el mundo.

Tenemos que recrear un mundo nuevo, recrear un mundo diferente. Esa recreación de un mundo distinto, de un mundo nuevo, pasa por cada uno de nosotros.

Tenemos que tratar de salir del manicomio, tenemos que intentar regresar a una actitud simplemente normal, personal. Precisamos de una actitud personal, un contacto humano, un poco de amor entre las manos, y volver a tener una actitud natural frente a la gente, frente a la Naturaleza.

Aquel que más ama, que más fuerza de voluntad pone en sus actos, en sus pensamientos, en su corazón, es naturalmente padre. Aquel que sabe dar a todos de la mejor manera lo que tiene en su corazón, de forma simple, para que pueda entenderse y sentirse.

¿Y si el mundo lo cambiase una sonrisa, una actitud diferente?

Si cada uno puede esforzarse en su interior, si puede sonreír un poco más, si mañana, cuando salga el Sol, se ve en el espejo con un rostro no contaminado, si lanza a la gente una sonrisa, encontrará Paz.

Paz es alegría, es armonía, es poder realizar en el mundo las mejores cosas. Volvámonos como una lámpara transparente, para que la luz que por gracia de Dios tenemos todos, pueda llegar a todas partes. Se trabaja por la paz manifestando lo que hay dentro de nuestro corazón de manera que se pueda ver, que se pueda sentir.

La paz nace de nuestra propia guerra interior, de nuestro enorme esfuerzo y acción, de nuestro enorme Amor.

Benditos sean aquellos que pueden sentir ese amor. Benditos sean aquellos portadores de la paz. Benditos sean aquellos que tienen el valor de decir que la paz es fundamental para todas las cosas.

Que la Paz reine en el mundo, reine en nuestros corazones y en cuanta relación exista entre las personas, los animales y las plantas. Entonces Dios estará con nosotros.
   


Extracto de la conferencia del Prof. Jorge Angel Livraga Rizzi
"La Paz Interior y Exterior ¿es posible?" Noviembre 1985